"MATADLOS A TODOS, QUE DIOS RECONOCERA A LOS SUYOS !"
En el 1207, al mismo tiempo que Inocencio III renovaba las llamadas a la cruzada contra los herejes,
dirigidas ahora no sólo al rey de Francia, sino también al duque de Borgoña y a los condes de Nevers, de Bar i de Dreux, entre
otros, el legado papal Pedro de Castelnau dictó sentencia de excomunión contra Raimundo VI, ya que el conde de Tolosa no había
acceptado las condiciones de paz propuestas por el legado, en el que se obligaba a los barones occitanos no admitir judíos
en la administración de sus dominios, a devolver los bienes expoliados a la Iglesia y, sobre todo, a perseguir los herejes.
A raíz de la excomunión, Raimundo VI tuvo una entrevista con Pedro de Castelnau en Sant Geli en enero de 1208, muy tempestuosa
y conflictiva, de la que no salió ningún acuerdo.
Así, la cruzada logró la adhesión de prácticamente toda la nobleza del norte de Francia, posiblemente
instigada por el decreto papal estableciendo que toda la tierra poseída por los cátaros podía ser confiscada a voluntad. Esto
constituía una invitación abierta para el pillaje masivo con las bendiciones de la Iglesia ya que la zona estaba llena de
simpatizantes reales o aparentes de la causa cátara. Así, no es sorprendente que los nobles del norte viajaran en tropel al
sur a luchar por la Iglesia. Inocencio encomendó la dirección de la cruzada al rey Felipe II Augusto de Francia, el cual aunque
declina participar, sí que permite a sus vasallos unirse a la expedición.
La llegada de los cruzados va a producir una situación de guerra civil en Occitania. Por un lado, debido
a sus contenciosos con su sobrino, Ramón Roger Trencavel —vizconde de Albí, Beziers y Carcasona—, Raimundo VI
de Tolosa dirige el ejército cruzado hacia los dominios del de Trencavel, junto con otros señores occitanos tales como el
conde de Valentines, el de Auvernia, el vizconde de Anduze y los obispos de Burdeos, Bazas, Cahors y Agen. Por otro lado,
en Tolosa se produce un fuerte conflicto social entre la «compañía blanca», creada por el obispo Folquet para luchar contra
los usureros y los herejes, y la «compañía negra». El obispo consigue la adhesión de los sectores populares, enfrentados con
los ricos, muchos de los cuales eran cátaros.
En un famoso incidente en 1209, la mayor parte de la población de Beziers fue brutalmente asesinada
tras la caída de la ciudad a manos de las tropas católicas dirigidas por el legado papal y prior del Císter, Arnaldo Amalric.
Cuando le preguntaron como distinguir a los cátaros de los católicos, respondió, según el cronista cisterciense Cessari d’Heisterbach:
«Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos».
La masacre de Beziers, que, según el cronista de la época Guillermo de Tudela, obedecía a un plan preconcebido
de los cruzados de exterminar a los habitantes de las villas fortificadas que se les resistieran, indujo al resto de ciudades
a rendirse sin combatir, excepto Carcasona, la cual, asediada, tendrá que rendirse por falta de agua. Aquí sin embargo, los
cruzados, tal como lo habían negociado los cruzados con el rey Pedro el Católico (señor feudal de Ramón Roger Trencavel),
no masacraron a la población, sino que simplemente les obligaron a abandonar la ciudad. En Carcasona, muere Ramón Roger Trencavel.
Sus dominios son otorgados por el legado papal al noble francés Simón de Montfort, el cual entre 1210 y 1211, conquista los
bastiones cátaros de Bram, Minerva, Termes, Cabaret y Lavaur (este último con la ayuda de la compañía blanca del obispo Folquet
de Tolosa). A partir de entonces se comienza a actuar contra los cátaros, condenándoles a morir en la hoguera.
La guerra terminó definitivamente con el tratado de París (1229), por el que el rey de Francia desposeyó
a la Casa de Tolosa de la mayor parte de sus feudos y a la de Beziers (los Trencavel) de todos ellos. La independencia de
los príncipes occitanos tocaba a su fin. Sin embargo, a pesar de las masacres y la represión, el catarismo no se extinguió.
La Inquisición se estableció en 1229 para extirpar totalmente la herejía. Operando incesantemente en
el sur de Tolosa, Albí, Carcasona y otras ciudades durante todos el siglo XIII y gran parte del XIV, tuvo éxito en la erradicación
del movimiento. Desde mayo de 1243 hasta marzo de 1244, la ciudadela cátara de Montségur fue asediada por las tropas del senescal
de Carcasona y del arzobispo de Narbona.
El 16 de marzo de 1244, tuvo lugar una enorme y simbólicamente importante masacre, en donde los líderes
cátaros, así como más de doscientos seguidores, fueron arrojados a una enorme hoguera en el prat des cramats junto
al pie del castillo. Más aún, el «Santo Padre» (mediante el Concilio de Narbona, en 1235 y la bula Ad Extirpanda, en
1252) decretó severos castigos contra todos los laicos sospechosos de simpatía con los cátaros.
Perseguidos y ajusticiados por la Inquisisión y abandonados por los nobles, los cátaros se hicieron
más y más escasos, escondiéndose en los bosques y montañas, y reuniéndose sólo subrepticiamente. El pueblo hizo algunos intentos
de liberarse del yugo francés y de la Inquisición, estallando en revueltas al principio del siglo XIV. Pero en este punto,
la Inquisición había desarrollado vastas investigaciones (encuestas), que habían aterrorizado la zona. La secta estaba exhausta
y no pudo encontrar nuevos adeptos. Tras 1330, los registros de la Inquisición apenas contienen procedimientos contra los
cátaros. El último Perfecto murió al inicio del siglo XIV.